El bar de la esquina…

Después de dos días en los que el mundo a una servidora le ha girado al contrario… la que escribe, para celebrarlo, se ha levantado a una de esas horas que uno piensa que no existen en su reloj, se ha puesto lo primero que ha encontrado sobre la silla de la habitación (la cual contiene más ropa que el armario), se ha calzado unas zapatillas deportivas color fucsia fluorescente compradas en un arrebato fashion victim (que con el pasar de los días se ha convertido en una compra realizada en un arrebato fashion criminal…) y ha salido a la calle, dejando al padre de la criatura y al piccolo aletargados en la cama.
Mientras caminaba por las calles aún desiertas, pensaba en la pesadilla que desde hace varios meses y con una regularidad inquietante agita mis noches: el padre de la criatura llega a casa después de trabajar, y sin saber cómo ni porqué, me comunica de manera sucinta: “Ya no te quiero, me voy de casa”. Mete en una maleta unas cuantas cosas, coge dos o tres libros y se va, así… sin más… dejándome a mí, que tengo al piccolo en brazos, y a mis zapatillas color fucsia, en el rellano de la escalera, muda, aturdida y horrorizada.
Llego a correos y está todavía cerrado. Siento un perfume a cappuccino y croissant que proviene del bar de la esquina, ese que prepara uno de los mejores cafés que he probado…
He vuelto a soñar que el padre de la criatura me dejaba a mí y al piccolo de la manera más atroz posible, es decir, sin dar explicaciones; he empezado esta semana con el pie izquierdo; he salido de casa con unas zapatillas que parecen hechas para dirigir el tráfico y esta mañana estaba tan inquieta que creo que ni siquiera me he lavado la cara… Así que creo que me merezco como mínimo desayunar en el bar y que le den a la dieta… he pensado mientras entraba en el bar.
“Señora, me gustaría decirle algo… pero espero que no se ofenda…”, me ha dicho el camarero, que ya es un viejo conocido, mientras colocaba las tazas encima de la máquina del café y yo le daba una dentellada a mi croissant relleno de mermelada de albaricoque.
¡Oh. Dios. Mío! Ahora me dirá que sus productos están repletos de grasas hidrogenadas perjudiciales para mí pero beneficiosas para mi celulitis. O que me he puesto los pantalones al revés y voy mostrando al mundo la etiqueta de cómo han de ser lavados. O que una paloma ha utilizado mi cabeza como baño público. O que la fosforescencia de mis zapatillas le han curado la miopía. O que tendría que estar en casa preocupándome de mi marido, de mi hijo y de mi aspecto. O que me he manchado con la mermelada…

“Me diga…”.
“No se lo diga a su marido, no sea que él también se vaya a enfadar… Pero es usted una de la personas más encantadoras y fascinantes que conozco…”.

No sé si será una nueva estrategia de marketing del dueño del bar o si todos los italianos tienen el gen de Giacomo Casanova, pero he de decir que ha funcionado… Una servidora hoy se siente pletórica y mañana volverá a desayunar al bar de la esquina…
😉

El Blog de Sarai Llamas

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