Post frito con arroz tres delicias

Hemos vuelto a caer. Creo que podemos ser considerados como unos criminales reincidentes. Lo único que esta vez no tenemos ningún tipo de eximente que nos rebaje la pena. Esta vez ni nos habían invitado ni nos pillaba de camino… simplemente nos apetecía y basta. Sí, hemos vuelto al restaurante chino. Un restaurante chino con servicio buffet y cocina a la vista (importantísima esta última cosa). Qué queréis que os diga. No puedo por menos. En el mío empíreo personal sin duda hay al menos un restaurante chino. ¿Por qué? In primis por la decoración. Porque en un restaurante chino lo grotesco  no tiene límites. Tú piensas: más horroroso que esto no puede haber nada. Sin embargo, cuando cambias de chino y ves que es aún más espantoso que el precedente te das cuenta que te equivocabas, que siempre hay alguno dispuesto a dar más. Bastarían unas lamparitas de esas rojas de papel para crear atmósfera… Pero no. Tú cruzas el umbral de un restaurante chino y cual Alicia en el País de las Maravillas, te precipitas en un universo frito, hecho de dragones retorcidos, budas dorados con problemas de sobrepeso, peces de colores también obesos, manteles de poliéster con bordados insólitos, altares adornados con mil doscientos cincuenta y nueve palos de incienso, flores de plástico y bonsáis de cerámica con hojas de color rosa palo y verde bilis. Es lo que yo llamo “decorar con alevosía”… 
Y el menú. ¿Qué me decís de los menús del restaurante chino? Son algo que va más allá del prodigioso. Nada de spaghetti con tomate o pollo asado con patatas. El plato más simple del chino son ancas de rana roja china frita con salsa de almejas y una tormenta de setas y bambú. O pollo frito servido en un nido de golondrinas con quelas de cangrejo de herradura y salsa picante de soja y almendras. O sopa de algas fritas del fondo del mar matarilerileronchispón con rábano tibetano en salsa agridulce. O una Familia Feliz… y aquí espero que la ficción del nombre supere la realidad… Y para terminar, como no, un postre light que estoy a dieta: helado frito con plátano frito y caramelo.

Pero ¡atención!, lo más importante es que, cuando vayas al restaurante chino, vayas vestido con algo que sirva de barrera a la “fragancia” que emana la cocina. Lo ideal sería engalanarse con un traje de madera maciza o, mejor aún, de acero inoxidable. Sin embargo, si nuestro fondo de armario carece de estos outfits fundamentales para visitar nuestro querido restaurante de comida exótica, siempre podremos optar por unos pantalones y camiseta cualquiera a los que no les tengamos un especial cariño y que puedan estar sin problema uno o dos meses a la intemperie colgados en el balcón. Porque, señores y señoras míos, cuando sales del restaurante chino incluso la ropa interior sabe a salsa de soja. No obstante, todo en el restaurante chino tiene más o menos el mismo gusto… Bueno, todo excepto una cosa… La macedonia, que sabe a lata. Y no hay nada más triste que esa macedonia con esas frutas exóticas de bote que flotan en un líquido almibarado, pegajoso y empalagoso. Yo creo que deberían abolirla, prohibirla, neutralizarla… A la macedonia de frutas del chino y, ya puestos a pedir… a la ropa interior color visón, las muñecas de porcelana y al tanga masculino…

El Blog de Sarai Llamas

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