Y entonces, tú llegaste a casa…

Hace unos días ordenaba (o al menos lo intentaba) algunas fotos pre y post embarazo. E inevitablemente me venían a la memoria recuerdos de aquellos meses, en los cuales me movía con la elegancia de un hipopótamo y el padre de la criatura y yo no dejábamos de preguntarnos confusos y electrizados “y cuándo volvamos a casa con el piccolo… ¿cómo hacemos?”
Recuerdo que el primer día en casa con el pequeño ha estado caracterizado por la calma y por ese sol de los últimos días de agosto que calienta pero no achicharra. Mientras comíamos, hemos dejado a nuestro “nuevo inquilino” acostado en su cochecito nuevo, aparcado cerca de la mesa. Hemos roto el silencio de mala gana, sólo cuando era necesario, como si esa nueva atmósfera, hasta entonces desconocida, debiera ser respetada como algo sagrado. Los ojos no se posaban apenas en el plato de spaghetti, ya que estaban demasiado ocupados en observar cada milímetro de esas mejillas rosadas, de esos labios carnosos, de esas pestañas infinitas, de esas manitas con dedos de pianista… Los amigos y familiares ya nos habían visitado en los tres días que pasamos en el hospital, y el segundo turno se había aplazado hasta el día siguiente… Por lo que ese lunes, solos los tres, lo hemos exprimido como si fuese un mes de vacaciones…
Recuerdo mi barriga, fofa y laxa, como un globo deshinchado que muestra aún la huella inequivocable del aire que lo había inflado. Nuestro hogar, de 35 metros cuadrados, era una casa a medida de pareja y no de familia. Pero él estaba ahí. Su primer gemido ha roto el silencio en mil pedazos. Reclamaba nuestra atención y su almuerzo. Desde que he dejado de ser un universo que albergaba dentro de sí un mundo y he visto los grandes y profundos ojos de mi hijo he sabido que ahora todo resultaría más complicado, tal y como sucede con los grandes amores; pero he sabido que era demasiado feliz como para no aceptar las consecuencias de ese “todo”.
Mis cuarenta semanas y dos días habían pasado, y mi hijo estaba ahí. Él había nacido, pero yo, como madre, aún no lo había hecho. Y es que nadie se espera que un recién nacido se levante del cochecito y vaya al baño a hacer pipí, pero todos esperan que una madre primeriza, desde el primer día, sepa cambiar perfectamente un pañal, cuándo y cómo dar el pecho a su hijo, cómo realizar un masaje para aliviarle los cólicos y saber siempre qué le sucede cuando llora… Y nosotras, medio aturdidas y turbadas por esas perversas hormonas que no paran de bailar la salsa; aún con la intensa conmoción del parto a flor de piel; emocionadas y agitadas por esa nueva rutina con esa personilla nueva;, inmersas en un vórtice que mezcla los cambios de pañal (siempre más de lo que una se espera), las visitas, las lavadoras, otra vez las visitas, las tomas, otra vez las visitas (esperemos que traigan comida) y el hacer la compra… nos empeñamos en ser perfectas, sonreímos a todo el mundo y escuchamos cientos, que digo cientos, miles de consejos que no hemos pedido, derramamos alguna que otra lágrima sin que nadie nos vea porque descubrimos que no somos Lara Croft y no podemos con todo, nos duchamos (¿?) cuando todos duermen (normalmente a medianoche y evitando hacer demasiado ruido) y nos sentimos con la misma carga erótica que el perchero de la entrada.
Pero todo pasa… y hoy lo recuerdo con una gran sonrisa y me conmuevo al pensar en mis primeros pasos como madre… 
Eso sí, sigo enamorada “hasta las trancas” de esos ojos grandes y profundos, tal y como el primer día que los vi…

El Blog de Sarai Llamas

Dejar respuesta